Tal día como hoy de hace un año tomé el vuelo que me traía de nuevo a España. Dos horas antes de tomar el avión, tiré mis zapatillas y demás pertenencias sobrantes en una papelera del aeropuerto londinense de Gatwick, para evitar pagar sobrepeso de equipaje. Y no pagué ni un penique de más. Pero lo que en ese momento no sabía del todo bien es que aquel día estaba tirando muchas más cosas de las debidas, y que eso sí que me iba a costar realmente caro. Y ninguna de aquellas cosas de más se encontraban en esa pesada maleta. Y fue un 20 de octubre. Y tal día como el de hoy, de hace muchos más años, murió mi padre, y también, tal día como el de hoy, alguien a quien admiraba.
No suelo escribir en este blog cosas personales, pero hoy no pude evitarlo. Durante este lamentable año, desde entonces, me han sucedido algunos hechos (algunos buenos y muchos malos) tras los cuales se escondían una serie de coincidencias asombrosas que todavía hoy me siguen inquietando, pues todas ellas son tan extraordinarias y tan perfectas que, aún con los ojos más escépticos, se puede leer en ellas un mensaje, una señal, una comunicación que significa algo. Y como todas las señales que se nos escapan a la razón, éstas también están sometidas a una interpretación. Y en este caso lo único que tengo claro es que se trata de un castigo a mis decisiones y a la vez, una opción para corregirlas. Porque de lo que todavía no estoy seguro es si las castigadas son aquellas decisiones que tomé para seguir mi camino o las que no tomé por no haberlo seguido antes, o las que escogí para evitarlo o por no haberlo evitado antes. Lo único que sé ahora es que todo esto y las propias circunstancias me obligan a tomar una única decisión, firme, definitiva y hasta el final. Dentro de algún tiempo sabré si será esa la que hoy es o no es castigada.
Y quizás algún día pueda hablar más concretamente de estas coincidencias tan personales como vergonzosas, que, por esto mismo, me abstengo hoy de explicar.
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